Este soneto hice a la muerte de Fernando de Herrera

"Este soneto hice a la muerte de Fernando de Herrera; y, para entender el primer cuarteto, advierto que él celebraba en sus versos a una señora debajo deste nombre de Luz. Creo que es de los buenos que he hecho en mi vida"



El que subió por sendas nunca usadas
del sacro monte a la más alta cumbre;
el que a una Luz se hizo todo lumbre
y lágrimas, en dulce voz cantadas;

el que con culta vena las sagradas
de Helicón y Pirene en muchedumbre
(libre de toda humana pesadumbre)
bebió y dejó en divinas transformadas;

aquél a quien envidia tuvo Apolo
porque, a par de su Luz, tiene su fama
de donde nace a donde muere el día:

el agradable al cielo, al suelo solo,
vuelto en ceniza de su ardiente llama,
yace debajo de esta losa fría.

 

 

 

 

 

 

 

                  MIGUEL DE CERVANTES

Palabras a mi madre

Palabras a mi Madre



No las grandes verdades yo te pregunto, que
No las contestarías; solamente investigo
Si, cuando me gestaste, fue la luna testigo,
Por los oscuros patios en flor, paseándose.

Y si, cuando en tu seno de fervores latinos,
Yo escuchando dormía, un ronco mar sonoro
Te adormeció las noches, y miraste en el oro
Del crepúsculo, hundirse los pájaros marinos.

Porque mi alma es toda fantástica, viajera
Y la envuelve una nube de locura ligera
Cuando la luna nueva sube al cielo azulino.

Y gusta si el mar abre sus fuertes pebeteros.
Arrullada en un claro cantar de marineros
Mirar las grandes aves que pasan sin destino

 

 

 

 

 

 

 

ALFONSINA STORNI

A la imaginacion

A LA IMAGINACIÓN

Cuando agotados de la extensa jornada,

Y del terrenal cambio del dolor por el dolor,

Perdida, dispuesta a la desesperación,

Tu cálida voz me convoca de nuevo,

Mi sincero amigo, nunca estoy sola

Si tu presencia y ese tono me acompañan.

 

Sin esperanzas descansa el mundo sin ti.

El mundo sin ese doble de mí;

Tu mundo de astucias, odios y duda,

De frías sospechas sin lugar,

Donde tú, yo y la Libertad

Disfrutan una soberanía muda.

 

Lo que importa es que todo alrededor,

Peligro, angustia y oscuridad,

No rompen las cadenas de nuestra soledad

Donde habita el cielo en su esplendor,

Alimentado por diez mil rayos eternos

De soles que no han conocido el invierno.

 

La razón sin dudas habrá de objetar

Por la triste realidad de la naturaleza,

Explicando que el sufrimiento del corazón es vano,

Y que sus preciados sueños deben perecer;

La verdad con rudeza busca asolar

Las flores de la fantasía que tímidas asoman.

 

Pero tú siempre serás el que trae

Las cerradas visiones que retornan,

El aliento de nuevas glorias caídas en primavera,

Llamando a la vida de la muerte,

Susurrando con la divina voz

De un mundo real y brillante como tú.

 

No confío en la dicha de tu fantasma,

Pero en las horas quietas de la noche,

Con un incesante agradecimiento

Te doy la bienvenida, bendito aliento,

Fiel asistente de los humanos deseos,

La más brillante esperanza

Allí donde la esperanza muere.

 

 

EMILY BRONTË

eternidad

ETERNIDAD

                                                                           -¿Y qué? Si el mismo sepulcro

                                                                                              mantiene lo incorruptible.

Eterniza el ser…

JORGE GUILLÉN

                             

                                            ¡Oh mis huesos! Si llegáis

                              a ser blanca flor de almendro,

                              cuando florezca, contad

                              la angustia de mi secreto.

                              Que los ojos que me miren

                              -que vean la flor de mis huesos-

                              reciban su confidencia:

                              aroma de amor y eterno.

 

                              ¡Ay, mis huesos! Si en un sauce

                              os dobláis como un lamento,

                              reflejados en las aguas

                              de aquel río: vida espejo;

                              que mis ramas al besarlo

                              dejen –rumor, casi un vuelo-

                              un suspiro fiel que fue.

                              Por su corteza subiendo.

 

                              Si en hoja de otoño alzáis

                              vuestra esperanza en el viento,

                              derramad mis amarillos

                              a otro corazón sediento.

                              Que mi color, su nostalgia,

                              la certidumbre de un sueño,

agua sean para la sed,

lo enciendan, rojo, en su fuego.

 

 

 

 

 

 

 

ELENA MARTÍN VIVALDI

 

 

 

 

A sirio

A Sirio, que acompañó a Vicente Aleixandre

A ti, que acariciaste
el destello infinito del traje humano cuando 
dentro de él bulle el poema.
A ti, de rumboso bautizo,
que con azul saliva y lengua zalamera
lamiste frescos pulsos trémulos de altas bridas,
unas manos creadoras con mimo de sal siempre,
ahora que recuerdo
años de amistad limpia
te silbo. ¿Me conoces?
Fue hace seis años, cuando
mi cadena era de aire, como la que tu amo
te puso en el jardín. Os mirabais, pisabais
tú su región inmensa y sin murallas,
él tu reino sin huellas.
¿Quién era el servidor? ¿Quién era el amo?
Nadie lo sabrá nunca
pero el ver las miradas era alegre.
Un buen día, atizado por todas las golondrinas del mundo
hasta ponerlo al rojo,
callaste para aullar eterno aullido.
No ladraste a los niños ni a los pobres
sino a los malos poetas, cuyo tufo
olías desde lejos, fino rastreador.
Quizá fueron sus hijos
quienes en esa hora de juerga ruin, colgaron
de tu rabo,
de tu hondo corazón asustadizo
la ruidosa hojalata cruel e impresa
de sus vendidos padres. Fue lo mismo.
Callaste. Pero ahora
vuelvo a jugar contigo desde esta sucia niebla
con la que el aire limpio de nuestro Guadarrama
haría un sol de julio, junto con tus amigos,
viendo sobre tu lomo la mano leal, curtida,
y te silbo, y te hablo, y acaricio
tu pura casta, tu ofrecida vida
ya para siempre, Sirio, 
buen amigo del hombre
compañero del poeta, estrella que allá brillas
con encendidas fauces
en las que hoy meto al fin, sin miedo, entera,
esta mano mordida por tu recuerdo hermoso.

 

CLAUDIO RODRÍGUEZ

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